Alan García y la agonía del APRA

Miércoles 17 de abril se vuelve una fecha histórica para el Perú


Alan García interviene en una reunión de la Alianza Pacífico el 5 de octubre de 2011. (Crédito: LUIS ROBAYO/AFP/Getty Images)

Escribe: Alison Romero

Alan García ha muerto.

Alrededor de las 6:30 a.m. en el distrito de Miraflores, Alan García se encontró recibiendo a la fiscalía en la puerta de su casa quienes acudieron para hacer efectiva la detención preliminar de 10 días en su contra. Al verse en esta situación, pidió hablar con su abogado, con esa personalidad que lo caracterizaba. Subió a su habitación, cerró la puerta y hubo silencio por unos momentos hasta que un disparo resonó en toda la vivienda. Al segundo, hubo gritos. La policía se apuró en subir ¿la imagen? el ex presidente se encontraba sentado con una herida de bala en la nuca.

De pronto, el mundo se detiene. El ex presidente Alan García se ha disparado. Alan ha intentado suicidarse o es que, tal vez, ya lo hizo. Alan García, Alan Damián, como a veces le decían. Esta vez la historia es diferente: no se encuentra frente a cámaras con la sonrisa pícara que lo caracterizaba; se encuentra grave y en camino a reanimación en el hospital Casimiro Ulloa. Alan no va a la cárcel, él todo lo tiene calculado. Tanto que asusta.

Una hora pasa. Nada. No hay noticias. Ahora son dos… imágenes suyas empiezan a circular por redes sociales. “¿Es Alan? noooo”, dicen todos, en negación, sobre lo que está pasando. “No le crean, él está bien”, dicen otros, pero Alan no es un dios, por mucho que se esforzó en hacérnoslo creer, ni mucho menos de piedra, es humano, es frágil, es mortal. El morbo crece a medida que los minutos pasan y cada segundo se vuelve eterno o es que la espera comienza a volvernos locos a todos.

El APRA nunca muere“, se empieza a escuchar a las afueras del hospital Casimiro Ulloa firmemente. Son simpatizantes apoyando a su líder, que acaba de salir ileso de tres paros cardiorrespiratorios, y a una familia que, pese a eso, empieza a perder las esperanzas.

Son las 10:26 a.m. y se confirma lo que se decía a voces: “ha muerto”, dicen todos los medios, cerca de tres horas después de su ingreso al hospital. Quedan interrogantes al aire, ¿buscaba realmente suicidarse? ¿pudo más su orgullo? Al parecer la respuesta a la segunda es que sí a simple vista. “Antes muerto que preso”, tal vez.

Y es allí cuando todo el Perú entra en razón. Está muerto. Realmente está sucediendo. Algo que en el fondo sabíamos que ocurriría, pero nunca imaginamos que sería así. Todo toma sentido para unos y para otros deja de tenerlo. ¿Vale más tu honor o lo poco que queda de él? Hay personas que simplemente se rehúsan a usar las esposas y quedar tras las rejas.

El APRA nunca muere“, se sigue repitiendo mientras muchos lloran y echan la culpa a lo que llaman una persecución política.

¿Qué tan acorralado debes sentirte para acabar con tu vida? o mejor dicho… ¿qué tanto mal hiciste para elegir la muerte? Son preguntas que quedan sin respuesta y donde solo podremos inferir o crear conclusiones que al fin y al cabo nunca corroboraremos.

Huyó de la justicia culminado su primer mandato y regresó airoso con el pueblo a su favor. Ellos olvidan, sí. ¿Que si fue el mal menor? sí. El intocable Alan, el orador, siempre salía victorioso cual zorro audaz. Esta vez no fue la excepción, aunque eso implicara un féretro y una lápida. El APRA sí muere, es más…ya murió y de un disparo en la cabeza.

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